lunes, 17 de abril de 2017

Kenji Miyazawa, un escritor japonés aún por descubrir en nuestro país

Por Luis Junco

En poco tiempo se publicará en nuestro país Haru to shura y otros poemas, fundamento de la obra poética de Kenji Miyazawa (1896 – 1933), poeta clásico en Japón pero prácticamente aún desconocido en nuestro país. El libro será editado por Ediciones de La Discreta y es una traducción al español del catedrático de la Universidad de Waseda (Tokio) y especialista en la poesía española contemporánea Alfredo López-Pasarín Basabe.

Como el mismo Alfredo nos dice, Kenji Miyazawa pertenece a ese abundante y especial grupo de escritores y artistas desconocidos o despreciados por sus contemporáneos que alcanzan el reconocimiento después de su muerte. En la actualidad, Miyazawa es considerado autor imprescindible de la literatura japonesa de todos los tiempos. Y si bien ese reconocimiento se refiere a los dos géneros literarios que practicó –el cuento y la poesía– su fama póstuma se debió principalmente a los relatos, cuentos del mundo de la infancia que en modo alguno podemos considerar solo para niños. En ellos podemos hallar el mismo profundo lirismo y la visión mágica de la existencia que Miyazawa manifiesta en sus poemas.

 Hasta tener la oportunidad de leer su poesía en el libro que anunciamos, me atrevo a recomendar dos de los relatos más conocidos del escritor japonés: El tren nocturno de la Vía Láctea y Matasaburo, el genio del viento, que conocí gracias a la traducción y edición de la malograda Montse Watkins, fundadora de la editorial Luna Books y que tradujo al español y publicó en su editorial casi todos los cuentos de Miyazawa.

Voy a referirme brevemente al primero de ellos.

Algunos comparan El tren nocturno de la Vía Láctea con El principito, y aunque ambos relatos puedan ser comparables en algunos aspectos –por ejemplo, en la ingenuidad, inocencia y curiosidad que manifiestan los respectivos protagonistas, y en la celebridad que los dos cuentos alcanzaron en sus correspondientes ámbitos de influencia-, considero que poco tienen que ver en la historia que se cuenta y en el rico bagaje simbólico que cada uno contiene.


Giovanni es el héroe del libro de Kenji Miyazawa, un niño pobre y solitario que se siente despreciado por sus compañeros de escuela, salvo por uno, Campanella. La noche de verano en que se celebra la Fiesta de las Estrellas - una fiesta tradicional que se celebra en el Japón durante el estío, cuando aparecen en el cielo las dos estrellas principales de las constelaciones de Lira y El Águila, Vega y Altair (ambas estrellas aparecen muy brillantes en el cielo nocturno, separadas por la luminosa nube de la Vía Láctea), y que en la tradición oriental representan dos amantes, que cada año, gracias a un puente que para ellos construyen las aves, pueden cruzar el río luminoso de la Vía Láctea y encontrarse en una de las orillas-, mientras los niños del pueblo echan farolillos luminosos a la corriente del río que atraviesa el pueblo, Giovanni se aleja del bullicio y en una colina, junto a la Columna de los Deseos, se queda profundamente dormido. Y entonces su sueño se convierte en mágico, pues de pronto Giovanni se encuentra a bordo de un tren nocturno que recorre el curso de la Vía Láctea. En el tren también viaja Campanella, su compañero de colegio, con quien Giovanni comparte el fascinante periplo que les ha de llevar lleva por las constelaciones más conocidas de la galaxia, desde la Cruz del Norte hasta la Cruz del Sur. El tren para en algunas estaciones, en las que suben y bajan curiosos personajes que cuentan a Giovanni las razones de su viaje o las circunstancias por las que se encuentran allí. Y entonces nos damos cuenta de que en aquel tren Giovanni y a su compañero están viajando al más allá, y que muchas de las cosas que experimentan –tanto las tristes como las alegres y luminosas- y que aprenden de los otros viajeros, van a cambiar profundamente la visión de sus vidas. 

El relato sorprende por la sencillez del lenguaje, la belleza y plasticidad de las imágenes que emplea, y la enorme carga poética que atesora. Y a poco que se tenga curiosidad por los elementos simbólicos, descubrir el significado de algunos de ellos añade, si cabe, arrobo a una lectura ya de por sí emocionante.


Ya hemos señalado que el sueño mágico de Giovanni se produce en la Fiesta de las Estrellas, cuando, según la tradición oriental, los amantes separados por la Vía Láctea pueden atravesar el río de luz y encontrarse de nuevo. Lo que me lleva a relacionarlo con un acontecimiento en la biografía de  Kenji Miyazawa que marcó su vida. Pues ¿cómo no ver en esta secuencia el deseo del propio Miyazawa por reencontrarse con Toshiko, su joven hermana, muerta hacía unos años, acontecimiento decisivo en su vida y en su escritura? De hecho, me parece que, como buena parte de sus poemas más célebres, la muerte de Toshiko inspira todo este relato. Mientras leía por ejemplo una parte del relato en que peregrinos en túnicas blancas entonan alabanzas mientras avanzan en una llanura de luz, no pude dejar de pensar en el viaje de Dante, acompañado de Virgilio, en busca de su Beatriz. En este caso, Miyazawa, en compañía de Giovanni y Campanella, también quiere acercarse al Paraíso para encontrarse con su añorada hermana Toshiko.

Por último, me parece necesario señalar otro logro de Kenji Miyazawa en este breve relato. Y es su capacidad para unir en su escritura culturas y religiones diferentes. Un ejemplo es la música que aparece en el relato. Junto a canciones tradicionales japonesas que cantan los niños, la melodía que suena cada vez con más insistencia al acercarse al Paraíso es la Sinfonía del Nuevo Mundo, de Antonín Dvorák. O los personajes y símbolos cristianos que él mezcla sin la menor contradicción con los elementos y creencias budistas, de los que Miyazawa era devoto. ¿Y cómo no apreciar su reivindicación de la ciencia? Sí, también supo unir la ciencia con las humanidades, lo que en el relato se aprecia en muchas ocasiones. Desde la primera clase del maestro de escuela sobre lo que es la Vía Láctea, hasta esa curiosidad de Miyazawa por hallar respuestas científicas más allá de la muerte, que representa ese científico que excava sin descanso en la llamada costa del Pleoceno.

Un escritor que en su viaje en el tiempo estoy seguro llegará cada vez a más lectores. Si no lo conocen, lean estos dos relatos. Y si a través de ellos les llega el profundo aroma de su poesía, no dejen de leer Haru to shura y otros poemas, que muy pronto publicará Ediciones de La Discreta.   


sábado, 1 de abril de 2017

NOTAS SOBRE “LA VIEJA CIUDAD” (Homenaje a Comas Quesada), de JOSÉ GARCÍA CANEIRO

Por José Miguel Junco


(Reproducimos el texto leído por José Miguel Junco en la presentación de La vieja ciudad (Homenaje a Comas Quesada) de José García Caneiro, que tuvo lugar el pasado viernes 31 de marzo en El Ámbito Cultural del Corte Inglés de Las Palmas, que dirige Pablo Sabalza-Ortíz Roldán. En el acto también participaron el autor, José García Caneiro, y el editor del libro, Santiago López Navia.)



La interrelación entre distintas manifestaciones artísticas no es un fenómeno que pudiéramos considerar novedoso. En el caso que nos ocupa, muchos y muy logrados son los ejemplos en los que la poesía, en su grado más excelso, se inspira en la pintura y no menos excelsos resultan los ejemplos en sentido contrario. 

  La pintura ha sido fuente de inspiración para un gran número de reconocidos poetas: Antonio y Manuel Machado, Vicente Aleixandre, Octavio Paz, Anne Carson, Olga Orozco, Cristina Peri Rossi, José Ángel Valente, Antonio Colinas, Antonio Gamoneda, René Char; el listado se haría interminable.

Y también, aunque en menor medida, los pintores se han inspirado en poemas para algunos de sus cuadros: John William Waterhouse, William Blake, Botticelli, Dalí, René Magritte, Anselm Kiefer, Pablo Picasso, Marcel Duchamp, o Brice Marden, entre otros.

Una amplia y fecunda interconexión bidireccional que, sin renunciar a la autonomía de cada arte, suele ampliar el campo de visión y la sensibilidad tanto de los creadores como de los lectores o espectadores.

A este respecto, Wallace Stevens en Ensayos sobre la realidad y la imaginación señala:

En mi opinión es preferible abordar el tema de las relaciones modernas como un todo. La relación actualmente capital entre la poesía y la pintura, entre el hombre moderno y el arte moderno es sencillamente ésta: que en una época en que tan decididamente prevalece la incredulidad o, cuando menos, la indiferencia a las cuestiones de creencia, la poesía y la pintura, y las artes en general, constituyen, en su medida, una compensación por lo que se ha perdido.

Lo mismo el poeta que el pintor viven y trabajan en medio de una generación que está conociendo la pobreza esencial a pesar de la fortuna. La extensión de la mente hasta más allá del ámbito de la mente, la proyección de la realidad más allá de la realidad, la determinación de recorrer todo el terreno, sea el que fuere, la determinación de no quedar confinados, de recuperar la excitación y la intensidad del interés, la ampliación del espíritu en todo momento, en todos los sentidos, éstas son las unidades, las relaciones, que debemos contabilizar como primordiales en este momento.

En este contexto cabría insertar el libro de José García Caneiro. Un querer ir más allá traspasando los límites estrictos de las distintas disciplinas artísticas. No es casual el hecho de que Comas Quesada presentara en 1979 una serie de acuarelas sobre el centro histórico de la capital grancanaria titulada "Homenaje a la Vieja Ciudad", expuestas en la Sala de Arte de la Caja. En ese mismo año logró el primer premio por la obra titulada: “Crepúsculo en el Sur” en la I Bienal de la acuarela “Ciudad de Las Palmas.

Ese, “La vieja ciudad” es el título escogido por García Caneiro para su libro de poemas en homenaje al pintor.

Poemas polimétricos en los que predomina el verso corto, lo que les confiere una intensidad y un recogimiento que, en nuestra opinión, es un recurso más que adecuado para acercarse a la obra de Comas Quesada, uno de nuestros más notables acuarelistas cuya fama y reconocimiento exceden las fronteras insulares.

Poesía ecfrástica, pero no en el sentido de mera representación verbal de una obra pictórica; sino que, teniéndola como referencia, el autor sondea aspectos anteriores o posteriores a lo visualmente reflejado, produciéndose de ese modo una síntesis enriquecedora que amplía su propia percepción.

En su artículo La poesía de las imágenes, publicado en la revista de la Universidad de México, el poeta, traductor y ensayista David Huerta señala: 

En ese mundo ancho, ajeno y digno de ser conquistado continuamente, aparece lo visible como uno de los rasgos centrales y decisivos, orgánicos, cardinales; ¿dirían los filósofos “el ser es visible”? No lo sé. Los pintores y los poetas se acompañan naturalmente. Y se encuentran a veces en ese acento dactílico, visible y memorable de la palabra écfrasis.

Interesa destacar la originalidad de García Caneiro al situarse en los distintos cuadros desde el realce de algún objeto o elemento aparentemente menor. Así, en el poema San Antonio Abadpodemos leer:

Un breve diapasón de luz,/tránsfuga/del balcón a la fachada,/se pinta, quieto y manso,/en las personas/… O en el poema Fuente del Espíritu Santo:

El hierro ennegrecido de la verja/apenas sí protege,/ a duras penas,/ el llanto en carne de cal viva/ con el que el turbión/ cubrió a las cuatro damas./

Esta aproximación visual a partir de lo aparentemente más accidental permite obtener una mejor y más compleja visualización del conjunto.

A lo largo del libro, basado, como queda dicho en la introducción, en obras del pintor referidas a espacios y geografías urbanas de la ciudad a finales del XIX y comienzos del XX, José García Caneiro se aventura en la insinuación de lo que se intuye o conoce, aunque no esté explícitamente reflejado. Es el caso del poema San Telmo en el que se describe al mar colindante con la iglesia del mismo nombre:

Una palpitación salada,/ un oculto rumor de jarcias tensas,/ y un insistente batir/ de ola adivinada contra el muelle/ 

La palabra en el tiempo. En el sentido más machadiano de la idea. El pasado que se hace presente al evocarlo y que suscita a su vez anhelos futuros. Y la intuición como recurso para sondear en esa temporalidad que nos abarca. Somos tiempo.

Evocación y movimiento. Por alguna hendidura del cuadro nos sentimos parte del contexto y revivimos lo que permanecía inmóvil. En el poema Quioscos del Puente de Palo tenemos la impresión de estar presentes en los debates que protagonizaban los jóvenes intelectuales de la época; sus inquietudes estéticas, sus ansias de libertad, sus proyectos,…

El poeta, el escultor, el vagabundo/ y hasta el borracho aquel/ que habla de arte/se han refugiado dentro./No son quioscos, es…/ es ateneo/ fugaz/casi imposible;/

Es la misma sensación que sentimos cuando en el poema Pilar de Santo Domingo nos parece estar oyendo las conversaciones de las aguadoras. Sus anhelos, sus cuitas, sus esperanzas tal vez.

 Crepúsculo en el Sur, el poema más largo del libro, y sin duda uno de los más representativos, García Caneiro no se limita a la mera descripción del cuadro, sino que inspirado en él, la da una dimensión onírica que nos conduce a ir “más allá”, “más allá” 

Y más allá,/más allá de los planos superpuestos/que esconden un fulgor de media tarde adormecida;/ más allá de un remanso de agua clara/que finge desvelar el nacimiento de la noche;/más allá del asombro de los rostros hundidos en la arena/…

Más allá de la limitación que nos impone este tiempo de corta/pega, de sobreinformación que conduce a olvidar referencias esenciales, que nos hace movernos por realidades líquidas, que nos automatiza; este excelente poemario, esta simbiosis de imagen y palabra, es una invitación a evocar, a evocarnos, a reencontrarnos con nuestras tradiciones, nuestras raíces, con nosotros mismos. Tiempos y espacios que se han ido borrando de la realidad presente pero cuya rememoración resulta esencial, para entender y entendernos en esta maraña de sinsentidos de la que no es posible salir si no logramos  reestablecer el vínculo con lo que nos ha conformado como seres con sensibilidad: con nuestras tradiciones, nuestras costumbres, nuestra idiosincrasia. 

Decía Comas Quesada respecto a su obra: “Me siento subyugado por los efectos neblinosos, por las brumas, las aguas encharcadas… atmósfera intemporal que produce efecto onírico. Es como si buscara en el paisaje qué encanto hay detrás, en lo que no se ve, en ese misterioso más allá que no percibimos pero sí admiramos… sugiero una idea, elimino elementos que no me interesan, abstraigo de la realidad”.

Éste es, creo, el sentimiento que vincula a los dos autores. La búsqueda del encanto que hay detrás, en lo que no se ve, en ese misterioso más allá que no percibimos pero sí admiramos.

Sólo me resta agradecer a José García Caneiro la posibilidad que la lectura de su libro y la revisión de los cuadros de Comas Quesada me ha brindado de poder reconocerme y reencontrarme con un tiempo y un espacio que permanecían adormecidos en la memoria. Esa es también, entiendo, la posibilidad que se les ofrece a todos ustedes si se animan a la lectura y contemplación de “La vieja ciudad”. Sobre todo si lo hacen leyendo y mirando con los ojos de la imaginación y del recuerdo. Es decir: más allá.

(Compartimos las fotografías del reportaje hecho por Dragaria para esa presentación, y agradecemos por ello a Manuel M. Almeida.)


miércoles, 15 de febrero de 2017

El ADN de Cervantes: entre la mitocondria y el mito

Por Santiago López Navia

(El presente texto es una adaptación de la intervención de su autor en la mesa redonda “El ADN de Cervantes” celebrada en la Fundación Universitaria Marqués de Valdecilla de la Universidad Complutense de Madrid el 8 de noviembre de 2016 dentro del programa Encuentros Complutense)

1. Introducción: la mitocondria y el mito
           
Quiero empezar dejando constancia de que en este año Cervantes, que supone un regalo irrepetible para el cervantismo, me siento privilegiado al poder participar en el tan necesario diálogo entre las Ciencias y las Letras, que no definen ámbitos tan alejados ni mucho menos opuestos, pese a los tópicos absurdos que a veces imponen los prejuicios que devienen de la ignorancia y de la falta de ambición intelectual, única ambición, si se me permite decirlo, que considero legítima.

Por lo que respecta al peso de las evidencias y a la utilidad inmediata de los hallazgos, el diálogo entre las Ciencias y las Letras se inclina favorable y comprensiblemente ante las Ciencias. La literatura, en donde reina en buena hora la ficción, no siempre se conforma con una visión pragmática y utilitarista de los hechos científicos y con frecuencia tiende a trascenderlos. Esto no quiere decir que la Ciencia no tenga el peso necesario en la literatura. Una de las gestas científicas más importantes de la contemporaneidad, creo que no muy conocida y menos aún tan reconocida como debiera por los españoles, se fraguó precisamente en España y ha tenido su recorrido literario. Me refiero a la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, que bajo la dirección del Dr. Javier Balmis partió del puerto de La Coruña un 30 de noviembre de 1803 para llevar la vacuna de la viruela a América y Filipinas, y que tres años después suscitó la celebre oda escrita por Manuel José Quintana, poeta ilustrado que ya anuncia la transición hacia el romanticismo. Baste recordar que esta hazaña médica ha inspirado dos novelas bastante recientes: Ángeles custodios, de Almudena de Arteaga, en 2010, y A flor de piel, de Javier Moro, en 2015.

            Este mismo peso de la Ciencia en la Literatura se evidencia en la impregnación científica de la forma de escribir novela en el realismo, y más aún en el naturalismo, que se ve influenciado de forma evidente por los postulados de Darwin y Mendel, y por seguir con el siglo XIX, no deja de ser significativa la constante valoración de la ciencia en esa centuria que en sus últimos años, concretamente en 1897, recuerda Bram Stocker en diferentes momentos de la escritura de su inolvidable Drácula. Otra cosa es que los albores de este mismo siglo, en el que el avance de la ciencia con respecto a los anteriores es de una aplastante obviedad, traigan también consigo, de la mano del romanticismo, el intento de trascender y desafiar las fronteras y las limitaciones de lo científico –lo que llamamos, en fin, ciencia-ficción– y no es otra la propuesta de Mary Shelley cuando se propone escribir su Frankenstein o el moderno Prometeo. Por esa pista, en los mismos años que su coetáneo Bram Stocker, y con un inequívoco componente ético, transitará Herbert George Wells con La máquina del tiempo, La isla del doctor Moreau y El hombre invisible y así podríamos llegar hasta Isaac Asimov, que no cierra ni mucho menos este recorrido. Pero este no es el asunto que nos convoca.

            Esta es, en fin, la orientación de la literatura, en la que, si se me permite un juego de palabras muy previsible y nada meritorio, pesa más el mito que la mitocondria. Algo muy parecido debemos afrontar cuando queremos aproximarnos científicamente al perfil biográfico de Miguel de Cervantes, porque a estas alturas de la biografía cervantina es más que imprescindible asumir que, como muy bien sostiene José Manuel Lucía Megías en La juventud de Cervantes, el primer tomo de una biografía de Cervantes que ya es de referencia, el mito ha acabado imponiéndose al hombre.

            Así pues, lo primero que me propongo es aproximarme a Cervantes a través de los datos que podrían resultar de mayor interés para determinar el ADN cervantino, bien entendido que la fuente de este esbozo de “historia clínica” es Cervantes mismo; a continuación rastrearé algunos datos de la ciencia médica en la obra de Cervantes y cerraré mi recorrido con algún detalle curioso sobre el peso que la tecnología, la ciencia y aun la paraciencia han tenido en las recreaciones narrativas hispánicas de su principal obra, el Quijote.

2. Algunos detalles de la historia clínica de Cervantes a través de Cervantes

            Por muy decepcionante que resulte aceptarlo, ya sabemos que no existe ningún cuadro auténtico ni autorizado de Cervantes –ni siquiera el tan cacareado retrato firmado por Juan de Jáuregui, al que el mismo autor se refiere en 1613 en el prólogo de las Novelas ejemplares– y que debemos guiarnos por su autorretrato literario, conformado por los datos autobiográficos que él mismo nos proporciona, sin que seamos capaces de determinar con claridad si son datos creíbles o han pasado por el tamiz de la ficcionalización.

            Si tenemos que fiarnos de lo que Cervantes dice de sí mismo en el prólogo de las Novelas ejemplares a cuenta del retrato de Jáuregui, y obviando elementos estrictamente descriptivos que, acaso deliberadamente, tampoco son un ejemplo de precisión, sabemos de la pérdida de la movilidad de su brazo izquierdo como consecuencia de las heridas de arcabuz que sufrió el 7 de octubre de 1571 en su posición durante la batalla de Lepanto, lesión a la que nuestro autor vuelve a referirse con legítimo orgullo de patriota en el prólogo del Quijote de 1615, cuando se defiende de las ofensas que le ha causado el siempre misterioso Alonso Fernández de Avellaneda en el prólogo de su Quijote apócrifo.

            Ya en la Epístola a Mateo Vázquez de 1577, redactada durante su cautiverio en Argel, Cervantes nos hablaba de sus heridas en el pecho y también nos decía que “la siniestra mano/estaba por mil partes ya rompida”. En el mismo sentido, y siempre según lo que dice Cervantes de sí mismo, sabemos que era tartamudo, y a ese mismo hecho ya se había referido también en la Epístola a Mateo Vázquez en donde dice, aludiendo a su deseo de postrarse ante el rey Felipe II, que “mi lengua balbuciente y casi muda/pienso mover a la real presencia”, los mismos versos que en su momento también formarán parte del parlamento del soldado Saavedra en El trato de Argel, obra que en todo caso no se publicó hasta 1784 gracias a Antonio Sancha.

            Por otra parte, también resulta de la mayor relevancia la lectura de los paratextos de la obra póstuma de Cervantes, Los trabajos de Persiles y Sigismunda, publicada en 1617. Cervantes firma la dedicatoria a su protector, el Conde de Lemos, el 19 de abril de 1616, cuatro días (tres en realidad) antes de su muerte, habiendo recibido los sacramentos pertinentes y consciente de que está viviendo sus últimos momentos al hacer suyos los primeros versos de un poema muy difundido desde el siglo XVI y sabedor de que tiene “puesto ya el pie en el estribo”; por si fuera poco, al final del prólogo este Cervantes ficcionalizado nos dice con claridad: “que yo me voy muriendo”.

            También nos consta, por lo que le dice el estudiante con el que dice encontrarse, que Cervantes es un “manco sano” del brazo izquierdo, o sea, alguien que conserva el brazo pero no su funcionalidad, y que este mismo estudiante diagnostica como “hidropesía” la enfermedad que, según se va sabiendo con los años a partir de los trabajos del Dr. Álvarez Sierra en 1972, es más bien una cirrosis hepática, como corrobora en 1999 el Dr. Antonio López Alonso en su libro Enfermedad y muerte de Cervantes, en el que nos habla de cirrosis hepática con diabetes secundaria, enfermedad que cursa precisamente con polidipsia, el deseo irrefrenable de beber.

            Otra cosa es que suscribamos la atinada pregunta que se formula Carlos Romero en una de sus autorizadas y elaboradísimas notas con las que complementa su edición del Persiles: “¿Constituye el bellísimo prólogo la relación de un viaje realmente llevado a cabo por el casi moribundo Cervantes, o se trata, en cambio, de una ingeniosa ficción, con dimensiones claramente simbólicas?” Este es el punto en el que la literatura deja abierta la puerta al mito, que no se aviene a la exactitud que admite y aun exige la mitocondria.

3. Algunos rastros de la ciencia médica en la obra de Cervantes

No se puede decir que los médicos tuvieran muy buena prensa en nuestros Siglos de Oro (y aquí habría que traer especialmente a colación a Quevedo). Por lo que respecta a Cervantes, es muy probable que la visión que dispensa a los médicos en sus obras literarias estuviera condicionada en parte por la experiencia personal que acreditó como hijo de un cirujano-sangrador.

Además de algunas apariciones poco significativas de algún que otro médico en determinadas obras (El celoso extremeño, La española inglesa, El rufián dichoso o el Persiles), debe reconocerse que en la obra cervantina los médicos no quedan muy bien parados. En la obra homónima, y hablando de los malos médicos, el licenciado Vidriera afirma contundentemente que “no hay gente más dañosa a la república que ellos” y que “solo los médicos nos pueden matar y nos matan sin temor y a pie quedo, sin desenvainar otra espada que la de un récipe”. En El coloquio de los perros Berganza le dice a Cipión que “de cinco mil estudiantes que cursaban aquel año en la Universidad [de Alcalá], los dos mil oían medicina”, y más adelante añade: “Infiero, o que estos dos mil médicos han de tener enfermos que curar (que sería harta plaga y mala ventura), o ellos se han de morir de hambre”. Siguiendo con esta ronda de tono crítico, Doña Ana afirma en El rufián dichoso, ante el breve elogio a la medicina que antes formula un criado, “La medicina yo alabo, / pero los médicos no, / porque ninguno llegó / con lo que es la ciencia al cabo”. Tampoco mejora la cosa en el Quijote, en donde Sancho, gobernador de la fingida ínsula Barataria, se queja de la crueldad del doctor Pedro Recio de Agüero, cuyas medicinas “son dieta y más dieta, hasta poner la persona en los huesos mondos, como si no fuese mayor la flaqueza que la calentura”.

Afinando un poco más, en El juez de los divorcios una mujer se siente desengañada porque su marido “dijo que era médico de pulso, y remaneció cirujano”, frase en la que, de una forma tan breve como acertada, se mencionan dos categorías profesionales jerárquicamente diferenciadas y de distinta connotación social por el prestigio que concitaba cada una, toda vez que el “médico de pulso” o “médico de orina y pulso” encarnaba lo que hoy podríamos denominar como médico de atención primaria o generalista, inferior por lo tanto al especialista pero superior al cirujano, adscrito más bien, por su pericia mecánica, a los oficios de carácter manual, menos considerados. En todo caso, y como muy bien apunta Fabien Montcher, a quien vengo siguiendo a lo largo de este punto, Cervantes nos permite entender a través de la reveladora frase de la mujer desengañada lo fácil que resultaba para un cirujano asumir fraudulentamente la apariencia de un médico de pulso. La importancia del pulso  a la hora de diagnosticar una determinada enfermedad queda clara en el Persiles, en donde leemos que “los pulsos son lenguas que demuestran la enfermedad que se padece”, pero que “si el mal está en el alma, no hay pulso que delate la causa”.

4. Tecnología,  ciencia y paraciencia en las recreaciones narrativas del Quijote

La tecnología y la ciencia han tenido su papel en el universo literario de las recreaciones del Quijote en el ámbito hispánico al representar un estímulo de extrañeza, y no pocas veces de amenaza, para un don Quijote lanzado a una modernidad que acentúa la naturaleza anacrónica que ya encarna en la novela original, en la que se empeña en revivir la andante caballería. Por lo que respecta a las imitaciones dieciochescas o de las primeras décadas del siglo XIX, no es ni mucho menos casual que uno de los sobrenombres de Don Papís de Bobadilla, protagonista de la novela homónima de Rafael Crespo, que abandona la fe y la cordura como consecuencia de la lectura indigesta de los enciclopedistas ilustrados, sea precisamente “Triste-Ciencia”, como si las certezas científicas fueran incompatibles con la religión o indujeran a quien las asume a sufrir el desconsuelo que implica renunciar a la alegría de una fe revelada. Habría que hablar largamente de la resistencia ideológica a la Ilustración que entrañan muchas de estas imitaciones de los siglos XVIII y XIX, pero no es el lugar ni nos asiste el tiempo.

            En cuanto a las continuaciones, y muy especialmente las datadas en los primeros años del siglo XX, es significativo constatar cómo la primera frase de la Historia de varios sucesos ocurridos en la aldea después de la muerte del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, de José Abaurre y Mesas, publicada en 1901, pone el foco en un hecho que no consta en el último capítulo del original cervantino: la certificación por parte de un médico de la muerte de Alonso Quijano. También tiene su gracia que en las Semblanzas caballerescas de Luis Otero y Pimentel, publicadas en La Habana en 1886, don Quijote sea desinfectado como consecuencia de una intervención sanitaria que pretende preservar de la contaminación a los habitantes de un pueblo, y llama la atención que quien identifica a don Quijote y Sancho Panza en su resurrección en la Andalucía del siglo XX en el Panquijote de Manuel Lugilde Huerta, publicado en 1906, sea precisamente un “médico concienzudo”.

            El encuentro muchas veces desquiciado de don Quijote con los elementos propios del desarrollo tecnológico y científico es un tema que tocan Eduardo León y Ortiz en sus Tiempos y tiempos de 1905, Antonio Ledesma Hernandez en La nueva salida del valeroso caballero Don Quijote de la Mancha del mismo año, el padre Valbuena en La resurrección de don Quijote, también de 1905, Ventura Fernández López en Don Alonso Quijano el Bueno, publicado en 1922, o Higinio Suárez Pedreira en una obra de título muy parecido, La resurrección de Don Quijote de la Mancha, publicada en 1946, en la que don Quijote, por poner un ejemplo bien ilustrativo, combate contra un barco de vapor que él confunde con una serpiente marina. En La última salida de don Quijote de la Mancha de Carolina Peralta, publicada en 1952, don Quijote descubre un mundo marcado por los conflictos militares en donde la tecnología se pone al servicio de la destrucción.

            Ya se habrá reparado en que algunos de los ejemplos que hemos puesto son en efecto novelas basadas en la resurrección de don Quijote y Sancho Panza de acuerdo con diferentes explicaciones y subterfugios, y no hace falta deshacerse en argumentos para significar algo tan obviamente paracientífico, o si se prefiere acientífico, como una resurrección. A tiempo de redactar esta intervención, que ya va llegando a su fin, quiero dejar constancia de que hace muy poco se ha publicado Don Quijote de Manhattan. (Testamento yankee) de Marina Perezagua, por el momento penúltima –porque habrá más– continuación heterodoxa (es decir, resurrección) de don Quijote y Sancho Panza, que ahora se pasean por Manhattan vestidos respectivamente de C3PO y de ewok. No se puede negar que tiene su gracia.

Y por si todo esto aún parece poco, conviene saber que las inquietudes paracientíficas tan frecuentadas por el género Z han estimulado la escritura del audaz y divertidísimo Quijote Z de Házael G., publicado en 2010, en el que un don Quijote metido a implacable cazador de zombis instruye a su fiel escudero en las causas pseudocientíficas que justifican la denominada “infección flodosa”:

Te conviene saber, amigo Sancho, que hace ya muchísimo tiempo que se sabe de muertos que se levantan de sus tumbas, y que ya en el mismo Apocalipsis de San Juan se habla del juicio que Dios tiene reservado a los impíos y a los culpables a los que condenará a las llamas del Infierno sin tener ni gota de piedad para con ellos (...). Es de opinión compartida por doctos y sabios atribuir el desdichado fenómeno a la acción del Maligno, empeñado en azuzar una y otra vez a sus pútridas legiones contra los hombres devotos de Dios, aunque tampoco faltan estudiados galenos que hablan de corrupciones en el aire y mortíferas pestilencias, y hasta de influjos lunares y de otros lejanos planetas que trastornan tanto el juicio como el cuerpo. Ahora bien que, si me preguntas a mí por mi versada y ampliamente referida opinión de tan interesante tema, te diré que soy partidario de creer que es la acción del Diablo y no cualquier otra cosa la causa de estas manifestaciones.


Creo que esta humorada no es una mala forma de terminar con mi recorrido, que ha procurado ser variado, sintético y conciliador de las Ciencias y las Letras, las dos fuerzas que hoy se unen para convocarnos. No sé qué pasará dentro de cien años. No sé si el imparable y grave retroceso de las Humanidades y la preocupante y progresiva pérdida de interés por la literatura harán posible que se siga conmemorando un nuevo centenario de nuestro autor por excelencia. Me conformo muy humildemente con que sigamos compartiendo año tras año inquietudes y reflexiones en torno a este diálogo entre Ciencias y Letras, siempre fecundo y siempre necesario.

martes, 3 de enero de 2017

Pequeño diccionario de Tediato (nuevas entradas)

Por Santiago López Navia

Pequeño diccionario de Tediato
(veintidós nuevas entradas)


alubión. Derrama abundante e inesperada de judías. Se conoce también como habalancha.

apollo. Acción de ayudar a una gallinácea.

apróstata. Varón que reniega de los inconvenientes de la incontinencia urinaria.

burrículum. Historial profesional de un individuo de escasas luces.

circumbalar.  Acto de rodear un determinado punto mientras se profieren balidos. En contra de lo que pueda pensarse no es actividad exclusiva de las ovejas.

coachino. Entrenador personal de bajos instintos y hábitos higiénicos reprobables.

conejetura. Especulación concerniente a los conejos. Aplícase también a las reflexiones practicadas por los conejos mismos.

cortesasno/a. Individuo estulto que pertenece a la corte.

desparpijo. Soltura y habilidad con la que determinados varones hacen uso de su miembro viril.

deváter. Controversia que se suscita entre dos o más individuos que coinciden en el momento de la micción o la deposición de sus heces.

epúteto. Adjetivo específicamente aplicable a mujeres que ejercen la prostitución.

exacerdar. Molestar desmesuradamente al ganado porcino.

fanstasma.  Ectoplasma que sigue con entusiasmo la trayectoria de un/a determinado/a artista.

habalancha. Véase “alubión”.

horrorrizado/a. Adjetivo aplicado al individuo cuyos rizos causan espanto.

insectidumbre. Duda, vacilación o inquietud que se experimenta ante determinados insectos.

metomentoro. Dícese del individuo que invade la intimidad del ganado bovino. Aplícase también a los contrarios a la práctica de la tauromaquia.

multación. Cambio que se experimenta tras abonar el importe de varias sanciones.

perrefecto. Cánido que no tiene defecto alguno.

piscosis. Estado de enajenación mental que se experimenta al sufrir deseos apremiantes de aliviar el riñón.

pollecto. Empresa que se acomete con evidente y soez descuido.


sedcuela. Consecuencia motivada por la sed.